NO. 2:


ESTO ES UN PARAÍSO

El mundo vive repleto de rankings. ¿Quién es líder en desarrollo humano, lo que implica mirar desde la azotea en salud, educación, renta? Noruega suele estar ahí. ¿Y quién se beneficia más de ser paraíso fiscal? Islas Caimán suele tener el foco encima… ¿Y el país más verde? Con una naturaleza exhuberante y sin ejército, Costa Rica apunta alto. ¿Y cuál es la ciudad más turística? ¿Y la sociedad más igualitaria? ¿Y el mejor sistema educativo según la prueba PISA? Hay mucho entre lo que elegir. Y hay mucho que envidiar. Pero también sorpresas.


SINGAPUR, por Dennis Kwek

El fundador del Centro para la Investigación en Pedagogía y Práctica que ahora dirijo me hizo una pregunta clave durante mi entrevista de trabajo, allá por el 2002: «Dennis, ¿no te gustaría cambiar el sistema educativo en el que creciste?». Hasta hoy esa sigue siendo mi principal motivación y también la de muchos de mis colegas del Instituto Nacional de Educación: la oportunidad de contribuir de forma continua a transformar el sistema educativo en el que crecimos, ya sea en Singapur o en cualquier otro lugar. La historia de la educación en Singapur sigue escribiéndose y evolucionando, pero hemos tenido la fortuna de contar con múltiples palancas de cambio sobre las que apoyarnos.

Y es que, desde mi posición, el éxito de nuestro sistema educativo resulta menos misterioso de lo que a veces parece desde fuera del país. Se basa en una firme convicción social de que la educación es importante, una inversión pública sostenida y una relación extraordinariamente estrecha entre el Ministerio de Educación, el Instituto Nacional de Educación (el único centro de formación del profesorado de Singapur) y los colegios. Esto hace que las políticas educativas, la formación del profesorado, la revisión del currículo, la innovación en los programas y la investigación estén conectadas de una forma que muchos sistemas educativos tienen dificultades en conseguir.

Los resultados obtenidos en PISA son fruto de décadas de construcción del sistema: un currículo nacional, una exigente formación del profesorado, una atención constante a la práctica en el aula y un esfuerzo continuado por ofrecer al alumnado distintos itinerarios en función de sus capacidades e intereses. En los colegios he podido comprobar cómo los docentes trabajan en comunidades profesionales y redes de aprendizaje para mejorar sus metodologías, además de participar en programas nacionales destinados a perfeccionar la enseñanza, la evaluación y el apoyo al alumnado. La intensa colaboración entre investigadores, centros educativos y profesores desempeña un papel fundamental al proporcionar una retroalimentación continua desde las aulas hacia el sistema. El sistema está lo suficientemente centralizado como para garantizar la coherencia, pero al mismo tiempo ofrece a los centros un cierto margen para adaptar las reformas a su propio contexto.

La experiencia de Singapur también ofrece importantes advertencias. Los padres siguen concediendo un enorme valor a los exámenes y a las credenciales académicas y muchos invierten cantidades considerables en clases particulares, lo que ha dado lugar a un sistema educativo paralelo al público. El Gobierno ha tratado de ampliar el concepto de éxito mediante la educación en valores, el aprendizaje socioemocional, itinerarios académicos más flexibles y un mayor énfasis en el aprendizaje para la vida. La tensión entre estos objetivos es real y permanente: Singapur intenta preservar la excelencia académica al tiempo que hace su sistema educativo más humano, integral, equitativo e inclusivo. Ese esfuerzo de mejora continúa aún está lejos de haber concluido, pero quizá esa sea precisamente la parte más importante de la historia educativa de Singapur en la actualidad.

GEORGE TOWN (ISLAS CAIMÁN), por George O’Brien

Cuando la gente de fuera de las Islas Caimán piensa en el lugar donde vivo, normalmente lo asocia con finanzas offshore, ventajas fiscales y riqueza. Y aunque esa imagen tiene una parte de verdad, solo representa una pequeña porción de una realidad mucho más compleja.

En mi vida cotidiana las Islas Caimán se parecen mucho menos a un centro financiero y mucho más a una pequeña comunidad isleña. La mayoría de las personas no son banqueros de inversión ni millonarios; son profesores, enfermeros, policías, trabajadores del sector turístico y hotelero, profesionales de oficios varios, abogados y propietarios de pequeños negocios que intentan construir una buena vida para ellos y sus familias. Como ocurre en muchos otros lugares del mundo, aquí la gente también se preocupa por el coste de la vida, el acceso a una vivienda asequible y la creación de oportunidades para las futuras generaciones. 

Los sectores de los servicios financieros y jurídicos son, sin duda, fundamentales para las Islas Caimán. Generan empleo, atraen talento internacional y contribuyen de forma significativa a la economía. Su influencia se aprecia en las modernas infraestructuras de la isla y en su marcada proyección internacional. Sin embargo, una idea equivocada y muy extendida es pensar que todos los que viven aquí son ricos. Aunque las Islas Caimán suelen asociarse con la prosperidad, muchos residentes siguen viviendo al día mientras hacen frente a un coste de vida muy elevado. La imagen que se proyecta en el extranjero no siempre refleja la experiencia cotidiana de la gente corriente.

Después de vivir aquí durante más de dos años, lo que más me llama la atención es la sensación de seguridad y la diversidad de la comunidad. Cualquier día puedo relacionarme con personas de distintas nacionalidades, etnias y procedencias, lo que crea un entorno único y acogedor. A pesar de su reducido tamaño, Islas Caimán tienen un carácter sorprendentemente internacional sin perder su fuerte sentido de comunidad. Para mí son mucho más que un centro financiero offshore: son un punto en el mapa al que me enorgullece llamar hogar y, en mi opinión, uno de los mejores lugares del mundo para vivir.

BERGEN, por Galo Juárez

Una de las cosas que he tenido que aprender con los años es que los privilegios son muchas veces invisibles; y nuestras experiencias, únicas y relativas.

Hablando con mi familia, amigos y colegas en Noruega es evidente que la gran mayoría entienden que, a nivel teórico, nuestra calidad de vida es considerablemente mejor que la de la gran mayoría de personas en el mundo. Pero lo que también es una realidad es que esta calidad de vida, comparada con las dos generaciones previas -las que vinieron después de la Segunda Guerra Mundial-, ha empeorado. Creo que la mayoría de los noruegos no sabrían concretizar en qué sentido ha empeorado, pero a nadie le cabe duda de que algo no funciona como debería cuando en las últimas décadas se habla constantemente de recortes, de falta de presupuesto para escuelas, de sanidad, etc. La gente también es consciente de que el acceso a la vivienda se ha complicado mucho en los últimos años: el mejor predictor que una persona joven tiene para saber si va a poder adquirir una vivienda en propiedad es si sus padres tienen capacidad económica para ayudar.

Es una situación extraña en donde estos problemas son reales, pero a la vez muy abstractos para la gran mayoría. El paro es por un lado inexistente, y los salarios son en general sólidos y en muchos casos se actualizan por encima de la inflación, que por cierto ha sido y sigue siendo uno de los mayores quebraderos de cabeza tanto para los políticos como para las personas.

La sensación general diría que es dual. La economía es fuerte a nivel macro y a nivel familiar y, por ahora, las cosas más o menos funcionan. Pero al mismo tiempo vemos que se van acercando tiempos peores. Los servicios públicos empeoran, las diferencias sociales aumentan a una velocidad alarmante y la confianza en el sistema y entre ciudadanos -pilar central de la socialdemocracia nórdica- cae. Sabemos, porque lo vemos en el resto de Occidente, a qué lleva todo esto. Sabemos qué tenemos que hacer para evitarlo. Pero estamos paralizados, vemos que el barco se está acercando al acantilado, pero nadie se levanta para coger el timón.

REIKIAVIK, por Èric Lluent

Vivir en Islandia es vivir en la nación más avanzada en igualdad de género. Según datos del Índice Global de la Brecha de Género del año 2025, Islandia es el país número uno en igualdad salarial, con una puntuación de 0,925, siendo 1 la paridad absoluta. Y no es difícil detectar entre los islandeses un amplísimo consenso político para garantizar la igualdad de oportunidades y retribución entre hombres y mujeres. En el 2017 el parlamento islandés aprobó una modificación de la ley (56/2017) que establecía un estándar de calidad (ÍST 58:2012) que obliga a las empresas de más de veinticinco trabajadores a demostrar que las mujeres cobran lo mismo por la misma tarea. Esta fue una ley revolucionaria, puesto que abrió el camino para que otros países empezaran a implementar legislaciones similares. La lucha feminista en Islandia tuvo su gran momento fundacional en la huelga de mujeres del 24 de octubre de 1975. Desde entonces, cada 24 de octubre, Reikiavik acoge grandes manifestaciones feministas en las que participan decenas de miles de personas.

Los paraísos, sin embargo, no existen. Islandia continúa teniendo unos elevadísimos índices de violencia sexual contra las mujeres. Un estudio del 2018 publicado por la Universidad de Islandia concluía que una de cada cuatro islandesas había sufrido agresiones sexuales a lo largo de su vida. Estas cifras muestran una realidad silenciada en la cobertura informativa internacional de la isla, pero fácilmente observable en las noches de fiesta en Reikiavik. La sociedad islandesa ha normalizado unos niveles de abuso y agresión contra las mujeres inaceptables para cualquier nación moderna.

Más allá de narrativas triunfalistas, y tras una década viviendo en Reikiavik, sin duda en Islandia aún nos queda mucho camino por recorrer.

BARCELONA, por Alicia Prados

Hace 10 años que me mudé a Barcelona y al poco tiempo en mi calle se creó la primera superilla, la del barrio de Sant Antoni. Hace pocos días comenzaron las obras para mejorarla. Pero, ¿qué ha pasado en todo este tiempo?

Nunca antes había escuchado hablar de este barrio, solo que era una zona céntrica y fácil para moverme en bicicleta. Nada más llegar, me enteré de que era la calle del vermú, que tenía un mercado (en ese momento en obras) y un cine en versión original. En estos años, la gentrificación y los turistas han ido llegando cada vez con más fuerza y han ido tomando espacios de un barrio que antes era muy barrio.

En mi edificio, que tiene nueve apartamentos, hay un piso turístico oficial y otros tres que se alquilan por menos de un año, siempre a extranjeros. Ellos pagan casi el doble que yo. Suelen ser parejas o personas jóvenes solteras que no se relacionan con el vecindario, a veces no hablan español y evitan decirte “hola”.

En el número siguiente al mío, pared con pared, tengo un piso Erasmus y cada noche hay fiesta, música, portazos y voces en todos los idiomas menos en castellano. No son los únicos. La superilla facilita que el espacio esté organizado para las personas y no para los coches, así que hay bancos, mesas y lugares para socializar, pero, claro, a las tres de la mañana no se puede dormir si la gente sigue allí. Muchas veces son grupos de jóvenes de vacaciones, a los que no les importa ser ruidosos, ensuciar o molestar a los vecinos.

Hay otra cosa que me da mucha pena: cada año el barrio pierde comercios tradicionales por locales modernos de café de especialidad o tiendas de helado minimalistas, cada vez más orientadas a los turistas o trabajadores expatriados. Todo muy instagrameable. Esto afecta a los precios y a la calidad del servicio en bares y restaurantes. Por eso siempre prefiero elegir lugares locales y no sitios impersonales. Aún hay un reducto, pero la subida de los precios de los alquileres puede ir acabando con ellos poco a poco.

Sí, Barcelona puede parecer un paraíso para los turistas, es la ciudad con más densidad de turistas del mundo, pero a veces preferiría volver al momento post pandemia en que la teníamos solo para nosotros. Estaba limpia y mucho más silenciosa. La vida era más tranquila y podías encontrar sitio en las terrazas de mi barrio sin tener que reservar varios días antes. Sin embargo, la realidad es otra y, por ahora, me quedo en mi barrio.

SAN JOSÉ (COSTA RICA), por Mauricio Herrera

¿Cómo es vivir en un país sin ejército, donde la protección de montañas y ríos es un orgullo nacional y cuyo lema popular es «Pura Vida»? Cuando era niño no entendía lo que aquello significaba y cuando era joven despreciaba la romantización turística de un país pobre con muchos problemas. Ahora, cuando soy un hombre en edad madura, reconozco las ventajas de una nación que apostó por la responsabilidad con el futuro, aprecio el esfuerzo de quienes creyeron en utopías y me esfuerzo en proteger algo de lo bueno que hemos recibido y  trasladarlo a las generaciones futuras.

En mi infancia para mí era natural estudiar en una escuela pública de arte, aprender piano, flauta traversa, teatro o literatura, discutir con otros chiquillos acerca de historia, música y política, sembrar arbolitos en el pueblo y competir en equipos de atletismo y natación de mi comunidad, sin ningún costo.

Más de cuarenta años después entiendo que aquella infancia de un hijo de educadores de clase media fue posible porque en 1948 desapareció el ejército, porque millonarios recursos de los impuestos fueron usados en educación, cultura, salud y desarrollo, en lugar de armas.

Tengo el privilegio de haber criado a mis hijos en un país libre de guerras, golpes de Estado ni insurrecciones, un país que educa a la niñez para proteger bosques y reciclar desechos. Crecí en un tiempo y lugar donde mi familia, de izquierdas, no conoció persecución, tortura ni exilio. Hemos disentido, hemos dado  luchas y hemos aportado a la construcción de una democracia que merece ser protegida de las nuevas amenazas autoritarias.

Quedan muchos problemas pendientes y crecientes, pero en Costa Rica todavía es posible pensar las soluciones conversando con los adversarios en un bosque ruidoso de pájaros y monos, sin temores, amenazas ni disparos. Todavía.

Más allá, una anécdota. Hace un par de años hacía una consultoría para identificar temas de conflicto en una de las zonas más pobres de Costa Rica, en el cantón de Matina. Entrevisté a una lideresa comunal de 76 años que por casualidad había nacido el mismo año de la abolición del ejército y entre muchas preguntas le consulté cuál era el problema más urgente que ella tenía en la comunidad y me respondió: «Nos hace falta una maestra de informática en la escuela». La respuesta es una caricatura de una realidad que a muchos costarricenses nos cuesta ver. En esa comunidad remota, en Luzón de Batán de Matina, había calles asfaltadas, agua potable, electricidad, escuela con taller de cómputo, clínica de salud, internet, alumbrado público, etc. Es decir, una presencia apabullante del Estado. A mí la respuesta me impresionó mucho porque recién había regresado de trabajar en Honduras como embajador y constaté los efectos perversos del abandono estatal en comunidades rurales.


BESTIARIO


VERSALIA

(1)

No se escapen los bisontes en celo por las entretelas de la mente. No busquen a las huríes en otros prados; es acá donde todo explota. Acá donde la vida se cierne sobre cada humano. Acá donde los cerezos copulan con el alabastro. No se escapen. No huya nadie, que la fronda –nos advierte– no canta dos veces.

(2)

De tanto habitar la casa en el aire hay quien olvida habitar la tierra. Y esa tierra que es casa de roca y leño y huele a pergamino, que cruje sus caderas de campo sin podar, pregunta por la cochambre que se acumula en las hortensias, y calla perpleja cuando irrumpen ejércitos y arrojan sin miramientos sus despojos en el salón. Mientras, florece un jardín en el aire, pero en él no huele a higuera. Es vacío y perfecto.

(3)

El representante sindical de los buzos habla de la necesidad de hacer del picaporte un estrecho entre nosotros y el valle del Elqui.

De edificar sobre una noria de agua y rendirse al murmullo bajo los cimientos, aunque haga tiempo que el arroyo cambiara su curso. De bailar, aun en el quejido, en esta fiesta que celebramos en honor de los que siempre están llegando.

Nos debemos tal vez a las promesas que hacemos cuando esculpimos siemprevivas.

Quizá nuestra gran obra sea renovar los votos a la alegría humilde de las aromáticas.

Quizá nuestra gran obra sea renovar la fe en el más de acá.

(4)

El mundo es un poco más bello cuando alguien recupera la fe. Cuando recuerda en su cuerpo que la dirección natural de la nieve es hacia arriba. Cuando expresa como de pasada y sin dolor su deseo de ser árbol, bosque de raíces entrelazadas. Cuando, a pesar de todo, una mujer se declara manglar. Acarrea su sed con la cabeza bien alta. Confiesa que es suyo el retrato de Courbet. Y en pequeños ictus crea la posibilidad del origen de otros mundos.

Poemas extraídos del libro De acá, de Emilia Conejo. SAN LORENZO DE EL ESCORIAL, MADRID


MAPAS, MAPAS

India y China: una frontera en disputa, una crisis con capas múltiples, por Abhigya Langeh. NUEVA DELHI

La frontera entre India y China se extiende aproximadamente a lo largo de 3.488 kilómetros a través de algunos de los terrenos más inhóspitos del planeta, desde la cordillera del Karakórum, en el oeste, hasta los densos bosques de Arunachal Pradesh, en el este. Nunca ha sido delimitada formalmente y la ambigüedad que resulta de ello, institucionalizada en la Línea de Control Real (LAC, por sus siglas en inglés), ha sido tanto el síntoma como la causa de una relación marcada por una tensión latente, crisis periódicas y una coexistencia incómoda. Para India no se trata únicamente de una cuestión territorial. Es, también, una memoria civilizatoria, una vulnerabilidad estratégica y una realidad cotidiana para las comunidades que habitan estas zonas fronterizas. Comprender la disputa exige, así, atender simultáneamente múltiples dimensiones.

La disputa fronteriza moderna es, en gran medida, producto del siglo XX y, en particular, de las herencias contrapuestas de la cartografía imperial británica y de la expansión dinástica china. La reivindicación histórica de India se basa principalmente en la Línea McMahon (1914), en el sector oriental, negociada entre la India británica y el Tíbet, así como en el uso consuetudinario en el sector occidental, en torno a Aksai Chin. China rechaza la Línea McMahon por considerarla una imposición colonial y sostiene que el Tíbet carecía de autoridad soberana para suscribir ese tipo de acuerdos. Este desacuerdo fundamental nunca ha sido resuelto. La guerra sino-india de 1962, consecuencia directa de esta controversia, proyectó una larga sombra sobre todo lo que vino después. India sufrió una humillante derrota militar, perdió territorio y vio erosionada la imagen que había construido de sí misma tras la independencia como una potencia capaz de gestionar las rivalidades entre gigantes únicamente mediante la diplomacia moral. Para la comunidad estratégica india, 1962 sigue siendo un trauma fundacional: un recordatorio de que el idealismo sin preparación militar constituye una debilidad. También consolidó una desconfianza hacia las intenciones de China que nunca ha llegado a disiparse por completo.

Desde la perspectiva del estamento de defensa indio, la LAC es un espacio dinámico y disputado que exige una vigilancia constante. Durante las dos últimas décadas, el Ejército Popular de Liberación ha desarrollado un programa sistemático de infraestructuras a lo largo de la frontera -que incluye carreteras, helipuertos, bases avanzadas y sistemas de vigilancia por satélite- que ha transformado profundamente el equilibrio operativo. El enfrentamiento en el valle de Galwan, en junio de 2020, que se saldó con la muerte de veinte soldados indios, puso esta realidad estratégica en el centro de la atención pública. Desde entonces la doctrina militar india ha evolucionado hacia una estrategia de disuasión activa, patrullas más firmes, aceleración de las infraestructuras fronterizas y el despliegue adelantado de nuevas divisiones a lo largo de la Línea. Este cálculo estratégico se ve además condicionado por la preocupación de un posible conflicto en dos frentes: la eventualidad de amenazas simultáneas procedentes de China y Pakistán, cuya estrecha asociación estratégica está ampliamente documentada. Esta inquietud estructural convierte a la Línea de Control Real no solo en una cuestión bilateral, sino en un escenario integrado en un marco de seguridad regional más amplio.

En el plano diplomático los sucesivos gobiernos indios han abordado la disputa mediante una lógica de doble vía: gestionar la relación de manera pragmática mientras se mantienen firmes en las cuestiones territoriales. El Acuerdo Panchsheel de 1954, las distintas medidas de fomento de la confianza adoptadas desde la década de 1990 y las múltiples rondas de conversaciones a nivel de comandantes del ejército reflejan esta preferencia por el proceso antes que por una resolución definitiva. El gobierno actual ha mantenido esta línea de continuidad, aunque con un tono retórico más firme. Tras Galwan, Nueva Delhi ha sostenido que la normalización de las relaciones bilaterales depende de la restauración del status quo a lo largo de la LAC. Paralelamente, India ha reforzado su implicación en marcos multilaterales como el QUAD, estrechando sus relaciones bilaterales con Estados Unidos, Japón y Australia como mecanismo de equilibrio frente a la creciente asertividad china. El desafío diplomático sigue siendo considerable. India y China son, al mismo tiempo, los dos países más poblados del mundo, grandes economías en desarrollo y miembros tanto de los BRICS como de la Organización de Cooperación de Shanghái. Una desvinculación entre ambos no es ni deseable ni viable; la relación debe seguir gestionándose incluso mientras la disputa territorial permanezca sin resolver. El enfrentamiento de Doklam en el 2017, el choque del valle de Galwan en el 2020, el incidente de Yangtse, en el sector de Tawang, en el 2022, y otras escaramuzas protagonizadas por China han generado un profundo déficit de confianza entre las autoridades indias. Esta situación se ve reforzada por el discurso predominante en el país, que interpreta estos episodios como ataques contra la soberanía nacional y presiona al gobierno para responder de manera firme.

Pero quizá la dimensión menos visible de esta disputa, especialmente desde la perspectiva de quienes la observan desde otros continentes, sea la experiencia de quienes viven en la frontera. Las comunidades de Ladakh, Himachal Pradesh, Uttarakhand, Sikkim y Arunachal Pradesh habitan un espacio que constituye simultáneamente un foco de tensión geopolítica y su hogar. Para grupos como los changpas de Ladakh, pastores seminómadas, la LAC no es una abstracción. Atraviesa sus tradicionales zonas de pastoreo y restringe las rutas de migración estacional, limitando progresivamente unos medios de vida que han definido a estas comunidades durante generaciones. La militarización de estos territorios, aunque pueda considerarse estratégicamente necesaria, conlleva un coste social que rara vez se refleja en el discurso político. Al mismo tiempo, estas comunidades distan mucho de ser actores pasivos: actúan como fuentes de inteligencia, centinelas de la frontera y participantes en programas de desarrollo fronterizo. El reconocimiento por parte de India de que la presencia demográfica y la resiliencia comunitaria constituyen también instrumentos de afirmación territorial -como refleja el programa Vibrant Villages Programme- ha comenzado a transformar la gobernanza de estas zonas fronterizas, aunque la distancia entre las intenciones políticas y la realidad cotidiana sigue siendo considerable. Es más: en mi investigación principal sobre la disputa fronteriza entre India y China, centrada en la percepción de las comunidades locales y fronterizas sobre la inestabilidad en la frontera, obtuve numerosas respuestas acerca de cómo entienden el conflicto y de qué manera ha afectado a sus medios de vida; sin embargo, el principal resultado de estas entrevistas mostró que, independientemente de las opiniones de estas personas, las respuestas del Estado ante las tensiones fronterizas vienen determinadas por imperativos geopolíticos. Asimismo, las opiniones de las comunidades no deberían servir para decidir los aspectos geográficos de la gestión fronteriza, sino para orientar la aplicación de las políticas de seguridad en la frontera, participar en las iniciativas destinadas a proteger sus medios de vida y contribuir a los procesos de diálogo de la denominada diplomacia de vía II.

La disputa fronteriza entre India y China se resiste a cualquier caracterización simplista. Es, al mismo tiempo, un agravio histórico, un desafío militar, un complejo problema diplomático y una historia profundamente humana. Lo que emerge de estas múltiples perspectivas es una relación estructuralmente competitiva, aunque no necesariamente condenada al enfrentamiento permanente; una relación en la que la desconfianza es profunda, pero en la que ambas partes siguen compartiendo un interés pragmático por mantener una coexistencia gestionada. Para India, la disputa gira, en última instancia, en torno a la soberanía, la dignidad nacional y las lecciones de una guerra que nunca fue olvidada. La frontera no es simplemente una línea en un mapa. Es el límite de la propia imaginación que la nación tiene de sí misma.


CUESTIONARIO

Pierre Pahlavi. TORONTO
”Teherán nunca ha pretendido ganar una guerra convencional

Sobrino-nieto del último sha de Irán, hoy profesor en la escuela de los militares canadienses en Toronto, reconocido experto en seguridad internacional y geopolítica, Pierre Pahlavi, siempre directo, ve en Oriente Medio e Irán una dilema que viene de atrás y siempre apunta al largo plazo.

–¿Era previsible que la República Islámica siguiera en pie tras el ataque lanzado por Estados Unidos? ¿La aparente ausencia de divisiones dentro de las fuerzas del régimen es su clave?

-Prever el desarrollo de cualquier guerra es siempre un ejercicio arriesgado. Hoy mucha gente afirma que «ya lo veía venir», pero lo cierto es que nadie podía anticipar con precisión cómo se desarrollaría este conflicto, y mucho menos cómo terminaría. Dicho esto, muchos especialistas en Irán sí esperaban que la guerra planteara serias dificultades tanto para Estados Unidos como para Israel. Durante años, la República Islámica ha organizado su sistema de defensa en torno al concepto de resistencia asimétrica. Teherán nunca ha pretendido realmente ganar una guerra convencional en el sentido tradicional. Su estrategia ha consistido en resistir, absorber el castigo, complicar los cálculos del adversario y, en la célebre formulación de Henry Kissinger, «ganar sin perder». Eso es, en esencia, lo que ocurrió. Y como usted señala, la cohesión de las fuerzas armadas y del aparato de seguridad iraní fue un factor decisivo. Si se hubieran producido fracturas visibles dentro de la Guardia Revolucionaria, el ejército, los servicios de inteligencia o las fuerzas de seguridad interior, el desenlace podría haber sido muy distinto. Sin embargo, las estructuras coercitivas del régimen se mantuvieron unidas. Irán logró resistir el tiempo suficiente para impedir que Washington y, en menor medida, Israel obtuvieran la victoria rápida y decisiva que necesitaban desde el punto de vista político y estratégico.

-¿Se verá afectada de forma significativa la República Islámica por la guerra o, por el contrario, este desenlace refuerza su capacidad de perdurar?

-La respuesta es paradójica. Por un lado la República Islámica puede afirmar que ha sobrevivido a un enfrentamiento directo con Estados Unidos e Israel. Eso tiene una enorme importancia para un régimen cuya mitología política se sustenta en la resistencia, la capacidad de aguante y el desafío a la presión occidental. En ese sentido el desenlace puede reforzar su imagen de solidez y resiliencia tanto a nivel regional como internacional. Por otro lado, el régimen ha quedado seriamente dañado. Su aparato político y militar ha sufrido golpes de gran calado, entre ellos la eliminación de parte de su cúpula dirigente, el deterioro de sus capacidades balísticas y marítimas, y el agravamiento de una economía que ya era muy frágil. Así, la República Islámica aparece al mismo tiempo fortalecida y debilitada: fortalecida porque ha sobrevivido; debilitada porque el coste de esa supervivencia ha sido extraordinariamente elevado. La mejor imagen que lo representa quizá sea la de un edificio que ha resistido un terremoto, pero cuyos cimientos han quedado agrietados. La estructura sigue en pie. Las instituciones continúan funcionando. El aparato coercitivo permanece intacto. Pero los daños son reales. A corto y medio plazo el régimen puede seguir resistiendo. A más largo plazo eso es mucho menos seguro. Si se produce otra guerra o una nueva gran crisis interna, puede que las trompetas de Jericó no necesiten sonar durante mucho tiempo antes de que las murallas empiecen a derrumbarse.

-La población suele ser la más perjudicada. ¿Ocurrirá también esta vez, dadas las consecuencias del cierre del estrecho de Ormuz, la interrupción del mercado petrolero iraní y otros factores?

-La población iraní es la gran perdedora de toda la secuencia de acontecimientos que se ha desarrollado desde comienzos del 2026. La propia guerra parece haber causado entre 3.000 y 4.000 muertos en Irán, según las estimaciones, aproximadamente repartidos a partes iguales entre civiles y miembros de la Guardia Revolucionaria y de otras estructuras militares o de seguridad. Se trata ya de un coste humano terrible. Pero no hay que olvidar que esta guerra llegó después de la represión, aún más devastadora, de enero. Incluso tomando las estimaciones más conservadoras, las víctimas de aquella represión -en su inmensa mayoría civiles- podrían ascender, al menos, a unas 20.000 personas. Resulta muy difícil establecer una cifra exacta con certeza, especialmente tras el apagón de internet, pero la magnitud de la represión fue, sin duda, masiva. Con demasiada frecuencia se olvida esta comparación en el debate público internacional. Es comprensible que la comunidad internacional respire aliviada cuando termina la guerra, se reabre el estrecho de Ormuz, se reanudan los flujos de petróleo y se estabilizan los precios de la energía. Sin embargo, ese alivio suele tener como contrapartida el olvido del destino de los propios iraníes: no solo de quienes murieron durante la guerra, sino también de quienes fueron masacrados, encarcelados, torturados o intimidados por la República Islámica antes y durante el conflicto. El fin de la guerra puede reducir la presión sobre los mercados internacionales, pero no pone fin al calvario de los iraníes que siguen viviendo bajo el régimen.

-¿Cómo les afecta?

-El impacto psicológico también es muy importante. Muchos iraníes sabían que un levantamiento popular, por sí solo, tendría que enfrentarse a un aparato represivo que ha adquirido una gran experiencia en la lucha contra las insurgencias internas. Algunos de ellos, sin sentir necesariamente ninguna simpatía por Estados Unidos o Israel, habían depositado sus últimas esperanzas en la posibilidad de que la presión exterior debilitara de forma decisiva al régimen. El desenlace de la guerra ha destruido gran parte de esa esperanza. Muchos iraníes vuelven a sentirse solos frente a sus verdugos. Quienes se posicionaron abiertamente contra el régimen podrían pagar un precio muy alto. Los demás, es decir, la inmensa mayoría de la población, se preparan para volver a vivir bajo el pesado yugo del miedo político, el agotamiento económico y el control social. La reapertura del estrecho de Ormuz y la estabilización parcial de los flujos de petróleo pueden aliviar parte de la presión externa, pero no mejorarán de inmediato la vida cotidiana de los iraníes de a pie. El régimen tratará de convertir su supervivencia en una victoria, mientras que será la sociedad la que cargue con el coste de la destrucción, la represión y la desilusión.

-¿Sale la oposición en el exilio debilitada por la escasez aún mayor de alternativas viables?

-La oposición en el exilio sale, sin duda, debilitada o, al menos, profundamente desmoralizada. Como vimos durante el primer partido del Team Melli en Los Ángeles durante el Mundial, una parte de la diáspora iraní sigue manteniendo una postura muy clara contra la República Islámica. Esa resistencia simbólica continúa siendo importante. En cambio, tras muchas conversaciones con iraníes residentes en el extranjero, mi impresión es que el estado de ánimo después del protocolo marco es de conmoción, amargura y agotamiento. La sensación predominante es que los países occidentales acabaron preocupándose más por las consecuencias de la guerra y del cierre del estrecho de Ormuz sobre los precios de la energía, la inflación y el coste del combustible para los consumidores que por el destino de la población iraní. Con independencia de que esta percepción sea completamente justa o no, está muy extendida y tiene una importante relevancia política. El problema de fondo es que la oposición sigue careciendo de una alternativa unificada, creíble y operativa. La diáspora es valiente, activa y está profundamente comprometida desde el punto de vista emocional, pero continúa fragmentada. Dentro de Irán, la población está exhausta y sometida a una intensa represión. Fuera del país, la oposición es visible, pero está dividida. Salvo que la violencia vuelva a recrudecerse o que el régimen cometa un nuevo error de gran magnitud, es probable que muchos iraníes en el exilio hagan lo mismo que han hecho durante los últimos 47 años: armarse de paciencia, preservar la memoria, seguir alzando la voz y confiar en que lleguen tiempos mejores tanto para ellos como para sus compatriotas que siguen viviendo en el país.