
¿DE CLASE MEDIA, YO?
La clase media está en boca de todos, ahora bien: ¿qué significa ser de clase media? ¿Es igual serlo en Europa que en América o Asia? ¿Se puede ser de clase media en un país en guerra? Internacional vuela a Buenos Aires, Nueva York, Jartum, Cantón, Roma y Bangkok, para dar con las respuestas, por boca de sus protagonistas.
BUENOS AIRES, por Claudia Keller

Ser de clase media en Buenos Aires es muy estresante. Tenemos muchas aspiraciones por pertenencia familiar y educación y es muy difícil lograrlas. Yo, por ejemplo, soy docente. Trabajo en tres lugares diferentes y a veces también tengo que sumar alumnos privados porque es imposible llegar a fin de mes. Termino el año agotada. Y este nivel de estrés y agotamiento genera problemas de convivencia con la familia y los seres queridos. Se te va la paciencia con la pareja, con los chicos, con los ancianos… Casi todos vamos al psicólogo, a meditación o a yoga porque no nos aguantamos ni a nosotros mismos. Y esta locura se nota también en la calle. Hay reacciones exageradas por problemas tontos.
No pago alquiler porque mis padres ahorraron mucho dinero a lo largo de su vida -entre los años 50 y 90- y me ayudaron a comprar un apartamento cuando me casé. Por suerte, tengo un techo asegurado. Luego pude comprar otro junto a mi esposo en los años 2000 que hoy no podríamos comprar. A veces no puedo pagar los gastos, la luz o el gas. Todos los meses elijo qué no pagar. Y en algún momento me pongo al día. Pero siempre tengo alguna deuda. Voy tapando agujeros.
No salimos mucho con amigos porque tomar algo o cenar fuera es caro. Sí nos reunimos y cocinamos en las casas y cada uno trae algo de beber, porque es más barato. Tengo que usar la tarjeta de crédito para pagar la comida, se me acumula deuda… Termino saliendo adelante porque cobramos aguinaldo (medio sueldo complementario dos veces al año) y gracias a que mi marido, que es un profesional autónomo, a veces tiene buenos ingresos. Pero si sus clientes no le pueden pagar, a lo mejor pasan meses que solo tenemos mi salario y acumulamos deudas. Antes el aguinaldo era para darse algún gusto o ahorrar para las vacaciones. Ahora es para pagar deudas.
Creo que lo más angustiante hoy es sentir que el sueldo cada vez alcanza menos. Además, con el gobierno de Javier Milei no nos aumentan los salarios para ajustarlos a la inflación. Antes a lo mejor había un poco más de inflación, pero había acuerdos paritarios entre los sindicatos y los patrones que iban ajustando el salario. Los trabajadores tenemos cada vez menos derechos. El sueño de progresar está cada vez más cerrado. Tengo 50 años y pienso ‘bueno, hasta acá llegué’. Seguir soñando es para frustrarse. Ahora solo me preocupa ayudar a mis hijas. Tengo mucho miedo a la jubilación, tengo que inventar algún negocio o moriré.
¿Algo que valoro mucho de ser de clase media en Buenos Aires? Los estudios, porque casi todos tenemos la posibilidad de ir a la universidad; y los contactos, que siempre te ayudan a conseguir algún trabajo o te echan una mano. En general, los porteños somos solidarios con vecinos, amigos y conocidos y ser de clase media te crea como una ‘red’ de contención y pertenencia.
NUEVA YORK, por Céline Gesret

Soy un producto de la clase media francesa, hija de una profesora y de un ingeniero civil. Mis padres subieron un escalón social gracias a sus estudios y a las buenas condiciones económicas en Francia en los años 70. Mis abuelos eran agricultores por el lado de mi padre y ebanistas por el lado de mi madre. Mis padres, laicos, creen en la escuela pública, el valor del trabajo y en un adagio curiosamente un poco cristiano: ‘Queda prohibido hacer dinero con el dinero’. Y aquí estoy yo, que llevo diez años viviendo en una de las ciudades más caras del mundo, capital del capitalismo, donde la conversación principal de la gente en las calles es el dinero.
En esta ciudad tentacular de 8,5 millones de habitantes es muy difícil divisar a la clase media tal y como la vi alrededor mío en una ciudad mediana bretona toda mi infancia. ¿Dónde está y cómo vive la clase media en Nueva York y aún más específicamente en mi distrito, Manhattan? Yo vivo en la parte norte de esta isla de 20 kilómetros por tres con 1.600.000 habitantes que, por el precio de la renta, es donde se concentra la ‘clase media’. Abajo, cerca de Central Park, los alquileres son de precios tan altos como los de los rascacielos de Midtown. Pero yo vivo a pocas manzanas del Yankee Stadium, en sí otra isla anclada en el suroeste del Bronx donde en temporada de beisbol se mezcla toda la población de la ciudad pero ubicado en el distrito más pobre de EE.UU. con cerca de un 40% de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza. Aquí una familia de cada cuatro personas cobra menos de 30.000 dólares al año. A diez minutos en metro bajando hacia el sur se llega al Upper East Side de Manhattan y allí el sueldo medio es de más de 90.000 dólares al año.
Nueva York es una ciudad de fronteras internas. La ciudad acoge el distrito más pobre del país y también a miles de millonarios, tantos que en un artículo del The New York Times sobre el presupuesto de una familia que vive en un piso pequeño en el Upper West Side y cobra alrededor de 500.000 dólares al año la considera “clase media”.
Yo vivo en el norte de Harlem. “¿Y cómo es vivir tan arriba?”, la pregunta la oí varias veces en diez años. En muchas de las calles de nuestro barrio en los años 80 y 90 la policía instalaba proyectores de luz gigantes por la noche para ahuyentar a los traficantes de droga y a los maleantes.
Vivimos primero en Washington Heights, donde hablaba todo el día en castellano. Y ahora vivimos en Harlem, en un piso de alquiler de dos habitaciones en un brownstone, una casa de tres pisos centenaria clasificada patrimonio de la ciudad. En nuestra calle viven familias que llevan décadas en el barrio y que ven a sus hijos adultos volver a vivir con ellos porque no pueden permitirse alquilar un piso en la ciudad. Viven profesores, estudiantes, fotógrafos, músicos, actores, periodistas… Supongo que somos la clase media neoyorquina. Los que no quieren dejar la vitalidad de la ciudad por un suburbio aburrido, los que observan cada día con cierta fascinación la línea de rascacielos a lo lejano y con enojo a las desigualdades abrumadoras, los desamparados de la gran ciudad en las bocas de metro.
JARTUM, por Ahmed Abd-Alrahman

En Jartum la clase media es hoy un recuerdo que intentamos mantener vivo con mucho esfuerzo y algo de teatro. Llevamos mas de mil días de infierno; entramos en el cuarto año de una guerra que parece haberse tragado el futuro.
Mi nombre es Ahmed Abd-Alrahman y si me ves por la calle con mi camisa planchada de camino al Ministerio de Hacienda, podrías pensar que las cosas van bien. Pero la verdad es que cada mañana, cuando me levanto para la oración de madrugada, lo que siento es un peso en el pecho que no tiene nada que ver con el sueño. Antes, el día empezaba con el aroma del té con leche y el crujir de unas galletas. Era nuestro momento de calma. Ahora, el té es negro y amargo; la leche se volvió un lujo que preferimos guardar para que los niños tengan algo más de sustento. Mi mujer, que es el verdadero pilar de esta casa, les prepara un bocadillo seco para la escuela. Me duele ver que no llevan ni un zumo, solo una botella con agua del grifo, pero ellos no se quejan.
Mi trabajo en el Ministerio se ha vuelto una tortura silenciosa. Me sientan frente a personas que tienen la cara surcada por la misma angustia que yo, pero mi orden es clara: recaudar un mínimo obligatorio. Cobrarle impuestos a alguien que apenas ha vendido cuatro cosas en su puesto es como arrancarle un pedazo de piel. Aunque no tengo opción como parece que tampoco la tiene el gobierno para financiar su guerra, sin recursos ni producción y con bloqueo regional. Solo le queda el bolsillo del ciudadano.
A las dos, cuando otros pensarían en descansar, empieza mi verdadera lucha. Me subo a mi coche, un viejo armatoste que se queja en cada bache y que pasa más tiempo en el taller que en la carretera. Lo uso para hacer de transportista hasta que se pone el sol. Lo más frustrante es la mentira de la escuela pública. Se supone que es gratuita, pero al final hay que pagar por los pupitres, por los arreglos, por el material… Es un goteo constante de dinero que no tengo.
Pero si hoy cenamos todos juntos y mis hijos siguen estudiando, no es por mis dos trabajos. Es por mi hermano, que es médico en Arabia Saudí. Cada vez que llega su transferencia siento una mezcla de alivio y una punzada en el orgullo. Sin él ni siquiera podríamos pagar el alquiler. Ser clase media en Sudán hoy es eso: vivir de prestado, trabajar catorce horas diarias para no llegar a fin de mes y rezar para que el coche no se pare del todo.
CANTÓN, por Huang Tian

Cuando la gente habla de la vida de clase media en las ciudades más grandes de China, suele pensar en la presión que se vive en Pekín o en el refinamiento de Shanghái. Vivir en Cantón, que es la metrópolis del sur del país, es diferente. Sigue siendo competitiva, sigue siendo cara, sigue estando llena de ansiedad, pero la presión aquí es más práctica y menos imagen. Lo veo en las calculadoras de hipotecas, en las normas de admisión escolar, en los grupos de WeChat de padres y en la pregunta diaria que muchas familias se hacen: ¿cuánto deberíamos sacrificar por el futuro de nuestro hijo?
En Cantón -y quizá también en la mayoría de las ciudades chinas- la vivienda es probablemente la decisión más importante que debe tomar una familia de clase media. Comprar una casa rara vez se trata solo del espacio habitable. Para nosotros también es una elección de 50 años. Para muchas familias como la mía la primera gran pregunta financiera no es “¿qué tipo de vivienda nos gusta?” sino “¿qué distrito podemos permitirnos?”. Un apartamento pequeño en una zona con mejores escuelas puede parecer más valioso que uno más nuevo y espacioso pero más alejado. Lo que a menudo compramos no son solo metros cuadrados, sino un lugar en la educación de la próxima generación. Ahí es donde empieza la verdadera presión.
La educación de los hijos se ha convertido en el centro emocional de la vida de la clase media. Incluso después de que la política de la Doble Reducción recortara las tutorías y el exceso de deberes, la competencia nunca desapareció realmente. Simplemente cambió de forma. En mi entorno, los padres siguen comparando niveles de lectura, de dominio del inglés, deporte, música, programas y, por supuesto, la reputación de las escuelas. Empujamos a nuestros hijos a ser el mejor científico, el mejor tenista, el mejor pianista o el mejor economista, solo para cumplir los sueños que nosotros no pudimos alcanzar. Sin embargo, Cantón también tiene una tendencia discreta a resistirse a los extremos. En comparación con otras megaciudades chinas (Cantón tiene más de 30 millones de habitantes en su área metropolitana), la vida aquí sigue sintiéndose más arraigada en el confort cotidiano: la comida, el tiempo en familia, la vida de barrio y cierta resistencia a convertir el día a día en pura competencia. Es ahí donde aparece la anti-evolución. No como una renuncia, sino como una decisión consciente de ir un poco más despacio. Algunos empezamos a soltar. Algunos eligen trayectos más cortos en lugar de mejores direcciones. Algunos protegen los fines de semana para que no se conviertan en otro horario laboral.
La vida de clase media en Cantón está moldeada por dos impulsos opuestos: uno nos dice que compremos pronto, planifiquemos al máximo y compitamos por cada ventaja; el otro nos recuerda que es bueno mantener cierta perspectiva, dejar espacio para respirar y disfrutar del camino en lugar de convertir la infancia en un proyecto. Entre esos dos impulsos, muchos de nosotros en Cantón seguimos tratando de encontrar un equilibrio.
ROMA, por Sandro Molinario

La clase media en Italia se clasifica en un rango de ingresos muy amplio, lo que dificulta tener una imagen precisa de qué es. Pero yo, que trabajo como cocinero con contrato fijo y, cuando puedo, acepto trabajos extra para llegar a fin de mes, me sitúo aproximadamente en el medio. Mi pareja también es cocinera y pastelera y, desafortunadamente, en estos momentos divide su tiempo entre trabajos de temporada y el subsidio de desempleo.
Con todo, podemos considerarnos privilegiados: los padres de mi pareja pudieron comprarle una casa, con lo que evitamos pagar alquiler o hipoteca, y eso vale más de la mitad de un sueldo mensual. En los gastos de comida, además, los padres vuelven a ser un gran apoyo: tienen un pequeño huerto y pueden compartir el excedente; aparte, alquilamos un pequeño huerto urbano en Roma para tener verduras frescas y otros productos durante el resto del año, incluyendo congelados y enlatados. Y aunque compramos el pescado en los mercados locales, la carne proviene en parte de mis padres, que también crían algunos animales de granja, y en parte de los agricultores de nuestros pueblos de origen, pequeños pueblos del sur de Italia, lo que permite ahorrar significativamente en comparación con Roma. El resto de las compras son buscando ofertas y descuentos en los supermercados. Todo esto, combinado, suma un ahorro mensual de aproximadamente mil euros.
La ausencia de niños supone un ahorro aún mayor. Tener un hijo en Italia es extremadamente caro, por no hablar del coste de la guardería y de la niñera nocturna, imprescindibles vistos nuestros horarios laborales. Las ayudas y subvenciones gubernamentales son prácticamente inexistentes.
La parte ‘buena’ termina ahí: los gastos del hogar, incluyendo facturas, cuotas de comunidad y el coste de los coches, que pudimos comprar gracias a pequeños préstamos familiares, representan alrededor del 25-30% de los ingresos familiares. Con los gastos de alimentación y del hogar se va ya el 50% de los ingresos; si añadiéramos la hipoteca o el alquiler llegaríamos a cerca del 70%. Y no he tenido en cuenta los gastos extraordinarios, que son bastante comunes. Nuestros ingresos no permiten ningún gasto importante. Y aun así logramos tener una vida bastante equilibrada. Podemos permitirnos un aperitivo ocasional y alguna cena fuera -aunque prefiramos organizar pequeñas quedadas en casa con amigos, en parte para ahorrar dinero, en parte porque es agradable compartir tiempo y cocinar con ellos. También nos vamos de vacaciones de vez en cuando. No renuncio a los conciertos, que son mi pasión, pero incluso en eso podemos ahorrar dinero pidiendo alojamiento a familiares o conocidos cuando vamos fuera de Roma.
En Roma se vive una vida de muchos pequeños sacrificios y renuncias, pero en general, en mi caso, es bastante plena.
BANGKOK, por Kai Chow

Para mí tener una vida de clase media en Bangkok siempre ha significado vivir dentro de una contradicción y, de alguna manera, aprender a llamarla equilibrio. Como expatriado y parte de un organismo internacional durante cerca de una década, una de las primeras cosas que me llamó la atención de la ciudad fue cómo puede ser extravagante y, al mismo tiempo, ordinaria. Por un lado se está en centros comerciales relucientes, complejos residenciales de lujo con piscinas y bares en las azoteas, productos importados y restaurantes que no desentonarían en Nueva York, Tokio o Singapur. Por otro lado hay cerca puestos de fideos en la acera, mototaxis, mercados nocturnos al aire libre, ferias, templos y comida callejera que se come en taburetes de plástico por el precio de unas pocas monedas. Me fascina que estos dos mundos no parezcan competir entre sí. Coexisten y, en muchos sentidos, se complementan. Eso, para mí, es lo que hace a Bangkok tan especial.
La vida de clase media aquí no consiste en elegir entre lujo y sencillez, sino en moverse con facilidad entre distintos mundos. He visto familias pasar una tarde de sábado en un centro comercial de alta gama, donde sus hijos asisten a clases de música o tutorías, luego pasar el domingo en uno de los campos de golf más lujosos de la ciudad, para terminar el día comprando brochetas de cerdo a la parrilla o arroz con mango a un vendedor ambulante de camino a casa. Esto, en Bangkok, no resulta extraño. Se siente normal.
La vida aquí, por supuesto, no siempre es idílica. El tráfico de Bangkok es legendario, y no precisamente en el buen sentido. Se aprende rápidamente que el tráfico no es solo una molestia; define el ritmo de la vida. Mi trayecto diario al trabajo puede tomar veinte minutos un domingo y fácilmente se convierten en dos horas un lunes por la mañana.
En Bangkok la distancia rara vez se mide en kilómetros; se mide en tiempo, incertidumbre y paciencia. Y sin embargo, a pesar de la congestión, el ruido y el desorden visual, Bangkok a menudo resulta sorprendentemente amable. Creo que se debe a que la vida está moldeada por un instinto cultural de aceptación, flexibilidad y contención emocional. El budismo, profundamente entrelazado en la sociedad tailandesa, parece haber contribuido a formar esta visión. La idea de la moderación, de no llevar todo a los extremos, sigue influyendo silenciosamente en la vida cotidiana. También lo hace el deseo de permanecer sabai sabai, tranquilo, relajado y sin preocupaciones en la medida de lo posible. Es lo que más he llegado a admirar de la vida de clase media en Bangkok: la capacidad de encontrar armonía en lo que a primera vista parece el caos. Entre la ambición y la satisfacción, entre el tráfico y la ternura, entre la modernidad reluciente y los ritmos locales tradicionales, las personas construyen vidas que no son necesariamente perfectas, pero sí profundamente humanas.
BESTIARIO

VERSALIA
Se te acabó la voz.
Como el toro azul, te entregaste a la última estocada.
Su manada rompió la luz que guardabas
bajo el laurel sangrante del río.
El olivo tembló en la piel del monte.
Nada, no queda nada, se pudrió la luna,
no queda brillo, ni hogar, ni aurora en el mundo
para tu sueño que sale gritando por todas las venas de la tierra,
que destroza la noria muerta y engendra ángeles,
y gime hasta las raíces de la sangre.
Lejano, como el mordisco del caos,
inició el mar su aullido en tu pecho.
De tu boca salió un hipo de accidentes y gaviotas torpes.
Cabalgaste en el dolor inmenso de las luces,
hacia el final de la noche que devoraba a sus hijos.
Viajero de junco, niño dorado,
no cedas a la soledad que te deshace.
No pueden nada contra tu alba desmesurada,
Nada contra tu danza de trigales
que trae mundos y nace,
una y otra vez, del vientre del sentido.
Recuerda el perfil sublime de las cosas,
recuerda tu nombre,
y sé.
Por encima de su cárcel.
Acosos, de Izara Batres. MADRID
MAPAS, MAPAS
Vivir en Filipinas entre dos superpotencias, por Aries A. Arugay. MANILA

Nací en Luzón, la isla más grande de Filipinas. Y no metafóricamente, sino literalmente: en un archipiélago de más de siete mil islas en el Pacífico occidental de una nación cuya existencia entera está moldeada por el mar. Crecer en Filipinas significaba que el mar nunca ha sido una abstracción. Es sustento, horizonte, identidad. Los pescadores filipinos no necesitan que los académicos les expliquen qué significa el mar de China Meridional o, para nosotros, el mar de Filipinas Occidental. Siempre lo han sabido. Ha alimentado a sus familias y cada vez más se ha convertido en el escenario donde dos superpotencias representan su disputa por la hegemonía, con los filipinos comunes situados, sin pleno consentimiento, como público e incluso como daño colateral.
Como estudioso de la política y las relaciones internacionales del Sudeste Asiático he visto cómo el Indo-Pacífico ha pasado de ser una expresión geográfica a un campo de batalla geopolítico. El propio término “Indo-Pacífico” solo entró en el vocabulario estratégico general en la última década, popularizado por la política de “reequilibrio” de la administración de Barack Obama y consolidado por la doctrina del “Indo-Pacífico libre y abierto” de Donald Trump, posteriormente mantenida por Joe Biden y más allá. Pero para quienes vivimos en este vasto espacio marítimo, lo que está en juego siempre ha sido visceral, no conceptual.
La pregunta que muchos me hacen es razonable: ¿por qué debería importar el control de mares lejanos? La respuesta, he llegado a creer, reside en comprender que el Indo-Pacífico no es simplemente un escenario geográfico: es el sistema circulatorio de la economía global. Más del sesenta por ciento del comercio mundial pasa por sus aguas. El estrecho de Malaca, el estrecho de Luzón, el mar de China Meridional: no son simples masas de agua, sino arterias regionales si no globales. Quien las controla, controla en gran medida el ritmo del comercio mundial y la palanca del poder estatal moderno.
Para China, el Indo-Pacífico representa la necesidad de profundidad estratégica. El notable ascenso económico de Pekín en las últimas cuatro décadas ha generado una vulnerabilidad inquietante: casi todas sus importaciones de energía y su comercio pasan por rutas marítimas que no controla, actualmente protegidas por una arquitectura naval estadounidense que percibe cada vez más como un sistema de contención. La construcción de islas artificiales en las Spratly, la militarización de arrecifes, el acoso a embarcaciones cerca del banco de Scarborough: estas no son, al menos desde la lógica estratégica de Pekín, las acciones de una potencia revisionista imprudente; son movimientos de una potencia continental decidida a adquirir inmunidad marítima. China está intentando, en un sentido profundo, convertir el mar de China Meridional en su propio espacio estratégico marítimo.
Washington interpreta este proyecto con alarma y no sin razón. El orden internacional basado en reglas construido por EE.UU. después de 1945 descansaba en una premisa simple: la libertad de navegación, respaldada por la supremacía naval estadounidense, mantendría en marcha la economía global y la primacía de la influencia estadounidense. Una China que controle la primera y segunda cadena de islas, que pueda negar a la Marina estadounidense el acceso al Pacífico occidental en una crisis, reescribe fundamentalmente esa arquitectura. El Indo-Pacífico es, para EE.UU., el terreno donde su aspiración de liderazgo global está siendo más directamente cuestionada.
¿Y Filipinas? Estamos en el centro mismo de esta disputa, nos guste o no. Y no es solo una metáfora. Geográficamente, el archipiélago filipino se sitúa en el punto crítico entre el mar de China Meridional y el Pacífico. El estrecho de Luzón es uno de los pocos pasos de aguas profundas por los que la Marina china debe transitar para proyectar poder en mar abierto. Los planificadores militares estadounidenses hablan de la “Primera Cadena de Islas” y Filipinas es su eslabón central. Nuestras islas son, en la gramática brutal de la competencia entre grandes potencias, “bienes inmuebles estratégicos” (como lo expresó el presidente Donald Trump).
Recuerdo estar sentado en un seminario de política en Manila hace unos años, escuchando a un general retirado describir el banco de Scarborough en términos para los que ningún libro de texto me había preparado. Lo dijo de forma simple: “Si fortifican ese banco, pueden cubrir toda nuestra costa occidental. Nuestros pescadores se convierten en rehenes”. Eso no era teoría geopolítica. Era miedo: el tipo de miedo que moldea la política exterior desde las entrañas. Y cuando comencé a analizar sistemáticamente la evolución de la estrategia de seguridad de la administración de Ferdinand Marcos Jr., lo que más me llamó la atención fue hasta qué punto esa ansiedad a nivel local había penetrado en el pensamiento oficial.
Filipinas, bajo el presidente Ferdinand Marcos Jr., ha seguido lo que mis compañeros y yo llamamos “diversificación estratégica”: una ampliación deliberada de sus asociaciones de seguridad más allá de la tradicional alianza con EE.UU., para incluir a Japón, Australia, Corea del Sur, India e incluso socios europeos lejanos como Francia y el Reino Unido. A primera vista, esto podría parecer una estrategia de equilibrio (la clásica táctica de los estados pequeños de jugar a dos bandas), pero sostengo que es algo diferente y más revelador. Filipinas no está oscilando entre Washington y Pekín, está firmemente alineada con Estados Unidos, al tiempo que construye una póliza de seguro frente a la percibida falta de fiabilidad estadounidense.
Esa distinción es crucial. Mi país ha aprendido, a través de experiencias dolorosas, que los patrocinadores de grandes potencias son volubles. El ejército estadounidense abandonó sus bases en 1992. La atención de Washington se desvió durante los años 2000. La era Trump introdujo nuevas dudas sobre los compromisos de la alianza. La cultura estratégica filipina ha sido moldeada por esta historia de abandono y reenganche, de promesas cumplidas y aplazadas. La estrategia de diversificación es, en esencia, una respuesta a la incertidumbre estructural y no solo sobre China, sino también sobre EE.UU.
¿Es inevitable la competencia? A veces me lo preguntan colegas europeos bienintencionados que aún albergan esperanzas de una multipolaridad gestionada o un nuevo concierto de potencias. Mi respuesta honesta, basada en años observando esta región desde Manila, es: probablemente sí, en su forma estructural, aunque no necesariamente en sus manifestaciones más violentas. EE.UU. y China están inmersas en una competencia no solo por influencia, sino por las reglas de funcionamiento del orden internacional. Uno quiere revisarlas; el otro quiere preservar una versión que coincide con su propia primacía. Filipinas y sus vecinos están atrapados entre estas fuerzas tectónicas.
Sin embargo, rechazo la conclusión fatalista de que esta competencia deba desembocar en una catástrofe. La estrategia de diversificación que mis colegas y yo hemos documentado es, creo, una forma silenciosa de decir que los estados pequeños se niegan a ser objetos pasivos de la rivalidad entre grandes potencias y construyen redes de relaciones que complican la escalada y mantienen abiertas las opciones. La participación de Japón, Australia y potencialmente los socios europeos en la seguridad de Filipinas no trata solo de disuasión. Se trata de internacionalizar lo que está en juego, hacer que cualquier conflicto en estas aguas sea más costoso para todos y, por tanto, menos probable.
Desde Manila, el mar entre los dos imperios se ve distinto a como se ve desde Washington o Pekín o, sospecho, desde Bruselas, Berlín o Madrid. Nosotros no tenemos el lujo de la abstracción. Los pescadores de Palawan, cerca del mar de China Meridional, siguen saliendo cada mañana hacia aguas disputadas, cargando con el peso silencioso de una rivalidad que no eligieron. Mi tarea, como académico de esta región, es asegurar que su realidad dé forma al análisis, y no al revés. El Indo-Pacífico no es un tablero de ajedrez de superpotencias, ni Filipinas un peón. Es un hogar.
CUESTIONARIO
Cecilia Rikap. LONDRES:
”Los Estados dependen de tecnología que no controlan y no entienden
Economista argentina, profesora en el University College de Londres, Cecilia Rikap está especializada en el estudio del mundo digital, la innovación y las grandes corporaciones tecnológicas, que a menudo trata como monopolios intelectuales. Tiene consecuencias. Y van a más. Lo explica como asesora a gobiernos e instituciones, entre ellos al gigante brasileño.

-En el mundo digital actual empresas como Google, Amazon, Meta y muy pocas más tienen gran parte de nuestros datos y son pilares centrales del día a día al comprar, comunicarnos… Para todo. ¿Cuál es nuestra capacidad de elección real?
-Nuestra capacidad de elección es muy poca, porque incluso cuando parece que estamos eligiendo aplicaciones que no son las mainstream, tarde o temprano nos encontramos con capas inferiores de infraestructura que están controladas por unas pocas empresas. Y si logramos prescindir de los gigantes tecnológicos de EE.UU. y de China en nuestra vida personal, es muy poco probable que podamos hacer lo mismo en el trabajo. Es fundamental que la construcción de alternativas no quede únicamente en que exista una aplicación aquí o allá que reemplace a tal o cual aplicación de un gigante digital, sino en concebir ecosistemas digitales completamente alternativos e independientes, no solo en el sentido de que no dependa de lo que yo llamaría empresas que funcionan como monopolios intelectuales en el sector digital, sino que además no sean concebidas con un propósito primeramente de lucro, sino para solucionar problemas. Es importante reivindicar las formas de producción de conocimiento público y abierto.
-Los líderes de estas empresas también tienen ideología. Elon Musk (X) o Peter Thiel (Palantir) son un ejemplo, estando como están muy cerca de Donald Trump. ¿Es un peligro? ¿Y de aquí el origen en parte del auge actual de la derecha radical a nivel global? Hace tiempo en España se hablaba de cómo la extrema derecha se había hecho fuerte en TikTok, la red de los menores, y quizá ahora recoge sus frutos electorales.
-En realidad hay dos discursos ideológicos muy fuertes en Silicon Valley que en alguna medida difieren, pero que son el mismo en última instancia. Uno es, efectivamente, el de personas como Musk o Thiel, que buscan avanzar con sus empresas y tecnologías para reemplazar y destruir al Estado. Hay una promesa de cambio tecnológico, de progreso, pero desde la empresa, sin ningún lugar para el Estado, en la medida en que sus tecnologías reemplazan completamente al Estado. En el caso de empresas como Microsoft o Google, el discurso ideológico es mucho más sofisticado. No van a tratar de destruir al Estado de forma explícita, sino que hacen un discurso ideológico que conecta el cambio tecnológico con el crecimiento económico, y el crecimiento económico es casi el único objetivo político para una gran cantidad de Estados, si no la mayoría. Bill Gates, por ejemplo, se sube a este discurso ideológico de que el cambio tecnológico trae crecimiento y que el crecimiento es lo único que hace falta -eventualmente con alguna que otra política- para garantizar el progreso, convenciendo a los Estados para adoptar su tecnología. Se subordina igualmente al Estado. A una empresa como Microsoft o Amazon o Google, de hecho, los Estados grandes le vienen bien en la medida en que se vuelven clientes forzosos de su nube, cobrando por cada instancia de uso de cualquier servicio. Un Estado más grande es un Estado que consume mucho más sus servicios y por lo tanto paga más y se subordina más.
-¿No hay ningún Estado que escape a su influencia hoy?
-Es interesante destacar cómo mientras el discurso de Musk o Thiel resuena en los oídos de los gobiernos de la extrema derecha, el discurso de Sundar Pichai de Microsoft, el de Google o el de Andy Jassy de Amazon -no necesariamente el de Jeff Bezos-, ese otro que yo llamo diplomacia corporativa, en particular resuena en los gobiernos progresistas, porque venden lo que esos gobiernos progresistas muchas veces están buscando. Por ejemplo se ve en el Reino Unido, que busca desesperadamente la promesa del crecimiento económico. Con discursos ideológicos distintos, el resultado termina siendo de alguna manera igual: la dependencia tecnológica profundizada y estructural. Los discursos ideológicos distintos son necesarios para que distintos tipos de espacios políticos se abran a la subordinación, a aceptar sus tecnologías.
-La vuelta de la energía nuclear para satisfacer las necesidades digitales es otra muestra de que con el boom digital todo está, y se prevé, ‘patas arriba’. ¿Todo está ahora en duda?
-Sí. Y si sumamos a ello el contexto de crisis ecológica ante la que hay que avanzar en la producción de energías renovables para ponerlas al servicio de una transición ecológica en el transporte, las industrias, etcétera, resulta particularmente problemático. No solo se está ampliando la demanda de energía para dar eco al servicio de instalar todavía más centros de datos, sino que estos son además una fuente de extracción de la naturaleza puesta al servicio del extractivismo de más datos y más conocimiento.

-Internet democratizó el acceso a la información, ¿pero su sobreabundancia ha acabado por segmentarlo todo? ¿Impulsa una sociedad cada vez más sectaria? ¿Implica un adiós a la democracia tal y como la conocemos?
-Internet podría seguir funcionando como un ámbito público si el algoritmo que lo ordena, el motor de búsqueda con el que se accede a él, también fuera público. El problema es que las puertas de entrada a Internet, la selección que se da, se realiza de forma privada. Nunca es posible acceder a toda la información del mundo, para ninguna persona ni para ninguna organización. La manera de democratizarlo y tener realmente un bien público pensando en la información como bien público, no es simplemente diciendo que está todo de forma abierta, sino, por un lado, creando capacidades críticas en las personas para que todos podamos entender lo que leemos y, por otro lado, democratizando la manera en la que esa información es seleccionada y formateada a partir de las preguntas que hacemos.
-¿Nuestra dependencia tecnológica es ya irreversible? Se reivindica la soberanía digital, pero…
-Yo sí creo que es posible dar marcha atrás, pero la manera más factible de construir una alternativa ecosistémica es empezar por uno de sus usuarios más importantes: el propio funcionamiento del Estado. Las oficinas públicas, las escuelas, los hospitales deben independizarse del control de los gigantes tecnológicos, no pueden depender de la tecnología prevista por estas empresas, que es tecnología que no controlan, no comprenden y para la cual tienen que pagar lo que en última instancia quiere esa empresa. Esto se puede empezar a hacer a pequeña escala, por ejemplo con un diseño democrático alternativo de un ecosistema digital para la escuela, donde el afán no sea solo adoptar la última tecnología sino, por el contrario, contribuir al aprendizaje. Y para eso su desarrollo tiene que ser público y no puede depender exclusivamente de científicos de la computación, ingenieros informáticos o investigadores en inteligencia artificial, etcétera, sino también permitiendo que la decisión se tome en conjunto con especialistas en pedagogía, impactos sociales, ecológicos y políticos de estas tecnologías, con los docentes y obviamente con representantes públicos.
-A veces se dice que todo pasa por regular, fragmentar o ‘desmantelar’ a los contados gigantes tecnológicos, voraces al comprar otras empresas competidoras e innovadoras que vienen detrás, de cualquier sector. ¿Pero es posible hacerlo con herramientas jurídicas lentas que suelen actuar a posteriori frente a un juego que va a alta velocidad?
-Pensar en construir alternativas no significa dejar de pensar en cómo regular adecuadamente la apropiación de datos y conocimiento que realizan estas gigantes tecnológicas, y cómo diseñan sus algoritmos. Se debería poder hacer una auditoría para prevenir y prohibir que su diseño busque, entre otras cosas, la adicción de las personas a las pantallas, por dar un ejemplo. Sin embargo, es complejo y hay limitadas capacidades en la mayoría de los Estados para hacerlo efectivo, porque para ello hace falta un acuerdo internacional -no necesariamente de todos los países del mundo- que construya alternativas y limite el uso de las tecnologías privadas, sobre todo en los ámbitos públicos: escuelas, hospitales, etcétera, como te decía. De la misma manera tiene que haber más coordinación internacional para reformar y repensar las regulaciones de defensa de la competencia, que funcionan bastante mal.
-¿Por qué?
-Un motivo es que estas empresas desarrollan capacidad de control más allá de la propiedad. Su objetivo no es convertirse en una única empresa, sino generar un ecosistema con un montón de actores que estén subordinados y produzcan valor para las empresas en el centro del ecosistema. Da la impresión de que es un mercado competitivo, pero en realidad es predatorio. En la medida en que las oficinas de defensa de la competencia no se muevan a regular no solo los mercados individuales, sino también los ecosistemas, los conjuntos de mercados y cadenas de valor, es muy poco probable que esa regulación tenga éxito. Por otro lado, muchas de las tecnologías que ofrecen estas empresas tienen una tendencia a generar monopolios naturales. Es decir, resulta que es mejor que haya una empresa a varias proveyendo un servicio por la economía de escala y por su efecto red. La solución en ese caso no es la competencia, sino una regulación que resulte en empresas públicas que los provean. Por ejemplo, tener una empresa pública como motor de búsqueda. Debería ser un objetivo de máxima prioridad. Es muy difícil hacer que la gente deje de buscar en Google, pero hay que apuntar a una estrategia en la que pienses en qué tipo de tecnología digital se quiere, para qué, para quién, y regular y construir una alternativa sobre esa base.
24 HORAS EN
Beirut en tiempos de guerra, por Chadia Samaha

Valientes, fuertes, resilientes, visionarios, previsores… Tantos adjetivos detrás de los cuales a veces intentamos reconocernos, pero una sola palabra podría resumir la realidad de lo que realmente sentimos: La culpa. Omnipresente, opresiva, desgarradora. La culpa de vivir en regiones alejadas de la guerra y de los bombardeos, de estar a salvo, al menos en nuestras casas, en nuestros espacios de vida. La culpa de continuar, de seguir con nuestra vida como podemos, mientras, muy cerca de nosotros, otros lo han perdido todo: sus casas, sus puntos de referencia, sus recuerdos, sus seres queridos.
Pero, paradójicamente, también está la culpa de querer detenerlo todo, aunque sea un instante, paralizados por todo lo que ocurre, mientras otras personas dependen aún de nosotros, de nuestro trabajo, de nuestras responsabilidades, de nuestros proyectos.
Imposible continuar, imposible detenerse. Permanecemos en un espacio-tiempo como congelado, en espera. Vivir el momento presente. ¿No es eso lo que el mundo predica hoy? ¿Pero qué hacer cuando nuestro presente está cargado de injusticia, de ignorancia, de muertos, de masacres, de ruinas, de desarraigos? ¿Qué hacer cuando, a nuestra culpa, se suma el sentimiento de impotencia frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, y una indignación que hierve dentro de nuestro ser, que circula por nuestras venas, que quema nuestros corazones? Una revuelta interior que se traduce, para unos, en pequeños actos de ayuda humanitaria; para otros, en palabras y expresiones en las redes sociales. Una indignación que nos enseña que a veces la realidad es más dura y más poderosa que nuestros sueños de paz y amor; una indignación que nos arranca de nuestro futuro indefinido para plantarnos en nuestro presente caótico, y arraigarnos en la voluntad y la obstinación de seguir teniendo esperanza, de amar aún más este país desgarrado, y de crear nuevas realidades, en la espera.
24 horas en Beirut durante la guerra es la crónica de un caos bien establecido, metódico y brutal a la vez. Es un día tipo que se repite sin descanso cada 24 horas. Una rutina dividida entre el día y la noche, pero también entre los bombardeos nocturnos y una forma de tregua durante el día. Bombardeos planificados, lugares y edificios anunciados, ¡con planos incluidos! ¡Es la logística de la guerra! Tantos esfuerzos y trabajo de planificación para destruir, para matar. Y tantos túneles, depósitos, municiones, preparativos, para no salvar nada…
La mañana comienza, para la mayoría de nosotros, con las noticias. Noticias que resumen los daños de la noche anterior, reporteros bien equipados que relatan los hechos desde las zonas atacadas, estadísticas de víctimas, de ruinas, de destrucción. La inmensidad de esta tragedia cotidiana y la incertidumbre de lo que ocurre y de lo que nos espera hacen que las noticias sean menos políticas y más sociales y personales. Historias de familias, tragedias, personas que pierden sus casas, niños perdidos bajo los escombros. Historias desgarradoras, dolor en el corazón, y así comienza el día con este descubrimiento. En el programa: terminar la jornada laboral lo más rápido posible, centrarse en lo esencial, si es que logra una concentrarse, y volver temprano a casa. Las calles, que normalmente se animan al final del día, están silenciosas y vacías.
Los esenciales de un día tipo son: llenar el depósito del coche, ya que la escasez de combustible parece siempre inminente; formar parte de grupos de información en WhatsApp para estar constantemente al día sobre las amenazas de bombardeos y las zonas afectadas; mantener el mapa del país en la cabeza, en una clasificación permanente entre regiones, familia y amigos, para hacer las llamadas necesarias, avisar o simplemente asegurarse de que todos estén bien.
Las salidas después del trabajo, las pequeñas veladas entre amigos, las próximas vacaciones, los proyectos futuros en curso… todo está condenado al olvido, guardado en la casilla de lujo superfluo. Vivir se convierte en un lujo superfluo. El día tipo es un día de supervivencia y espera. No es pesimismo, sino realismo: es nuestra realidad actual, que ha cambiado nuestro sistema de valores, que ha roto nuestros corazones.
Pero no todos los días tipo son iguales. A veces, las amenazas cerca de nuestro lugar de trabajo nos obligan a irnos rápidamente, tomar la ruta más rápida para llegar a casa y quedarnos pegados a la televisión. O bien una amenaza de bombardeos llega cuando estamos atrapados en un embotellamiento, inmóviles, mirando alrededor rostros tensos por el miedo y la sensación de una fatalidad inminente.
Y así llega la noche, y con ella una experiencia multisensorial: humos, sonidos, destrucción, y familias enteras en plena calle, perdidas, quebradas. Nos dormimos con imágenes en la cabeza, con la gratitud mezclada con la culpa de estar abrigados, bajo una manta cálida, un verdadero lujo en tiempos de guerra. Sería absurdo seguir escribiendo sin mencionar la culpa que reaparece en este momento, al relatar nuestras pequeñas preocupaciones de un día de guerra, incapaces de imaginar la crónica trágica de todas esas personas afectadas, de todos esos pueblos completamente destruidos… En Líbano, la noche nunca es completamente negra. El cielo está siempre iluminado por miles de estrellas brillantes: las estrellas de la fe, de la oración, de la misericordia; las estrellas de la fraternidad, de la comunidad, de la ayuda continua; las estrellas de la acción, por débil que sea, para cambiar, para soñar, para crear; las estrellas de la resistencia frente a la injusticia en sus mil formas. En Líbano, la noche está habitada por una luna llena, también ella suspendida en el mismo espacio-tiempo, una luna brillante y luminosa que ilumina nuestros caminos convergentes y que espera con nosotros el amanecer de un nuevo día.